"Andar, una filosofía", del filósofo francés, Frederic Gros Joan Manuel Baliellas
Cuando no tienes muy claro por dónde tirar, cuando la actualidad te molesta como un furioso nido de avispas, cuando la válvula de la olla exprés empieza a hacer tuf-tuf-tuf-tuf, cuando te faltan el aire y las horas y te sobran el teléfono móvil y las razones, siempre te queda echarte a un camino.
Temprano. Ligero. En silencio. Sin prisas ni brújulas ni selfies.
Preferiblemente solo. O -mejor todavía- con alguien que esté dispuesto a
recordarte lo maravillosa que es la soledad en compañía.
Todas las certezas se ven más pequeñas desde un cruce de caminos. Todos los nacionalismos se ven más patéticos desde una loma.
Todas las noticias se ven menos definitivas allí donde no pasa nadie ni
nada. Todas las afrentas se ven más lejanas a la sombra de un árbol
vencido.
El que camina no sólo huye, sino que también
acomete una curiosa forma de regreso. Dejar una casa por la mañana bien
temprano para volver a un hogar varias horas después. Cansarte a conciencia para estar fresco. Quemar energías para sentirte fuerte.
Perderte para encontrarte. El hecho de partir como un modo de volver. A
tu equilibrio. A tu horma. A tu ralentí. A tu kilómetro cero. A ti mismo.
El
caso es que casi todas las grandes aventuras y todas las grandes ideas
empezaron con un camino y alguien con ganas de echarse a él. No hace
falta ser Amundsen ni enfrentarse al Polo Sur. Basta
con un motivo. Escuchar únicamente el hipnótico crujir de las pisadas.
Cruzarte con un tipo al que no conoces pero saludas. Mirar los girasoles
del campo como si fueran los de Van Gogh. Pararte a beber y por
supuesto a mear. Pasar de todo. Hondamente. Y salirte un rato del inmenso grupo de WhatsApp que es el mundo.
Como Mark Twain,
yo creo que caminar/salir a andar/dar una vuelta/viajar es un ejercicio
con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la
estrechez de mente.
(...)
Este agosto me enteré de la muerte de Terele Pávez
en un camino, de paseo con dos amigos, al consultar el teléfono después
de sacarme una china de la zapatilla. Y entonces me acordé de cómo
tenía los pies aquella mujer.
Si envejecer es empezar a dejar de hacer cosas que antes hacías y ya no, Terele Pávez nunca llegó a hacerse vieja.
Terele
-que me contó que le encantaba salir a caminar por ahí- casi no podía
andar ya. Se tomó un zumo. Le echó migas de pan a los gorriones.
Desayunando le pregunté: "¿Qué no querrían haber visto esos ojos tristes?".
Y
Terele -que ha recorrido mucho, que ha andado mucho, que ha sentido
mucho, que ha estado en muchas encrucijadas, que tenía los pies como
odres- me contestó: "Brrr, brrr... Tantas cosas. Tantas. El desamor. Las diferencias.
El llanto de mi hijo de niño. Yo tengo un recuerdo tremendo de mi hijo:
recuerdo un fin de año, los dos solos en el apartamento, no teníamos
más que una tortilla de patatas. No teníamos nada, ni ayer, ni mañana,
ni en el futuro... Ese momento allí los dos, frente a la tele. De
repente se levantó, abrió la ventana, era muy pequeño. Y gritó: '¡Feliz
Navidad a todo el mundoooo!'. Con dos lagrimones. Cerró la ventana y se
sentó otra vez".
Luego anduvimos por un parque. Y me llevó a un sitio que sólo ella conocía y del que no me da la gana volver.
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